El Rincón de Mela ...

Cuentan que el mejor de los viajes empieza cuando naces ... y por ello este Blog lo hace con el ánimo de regalar y compartir con cuantos viajáis conmigo por esta vida ... anécdotas, fotos, risas, ideas, viajes, cariño, experiencias, ilusión, sugerencias, "alma" e inspiración ... cualquier "cosita" que os haga sentir bien y suspirar de emoción! Os quiero!

sábado, 11 de marzo de 2017

Mírame...

De pequeña Manu tuvo una imaginación prodigiosa y nada la fascinaba más que contar historias con una improvisación desbordante y todo tipo de personajes y ambientes.

El final siempre quedaba abierto, primero porque así concatenaba sus cuentos y eso activaba su propia creatividad, pero sobre todo porque era su forma de invitar a cuantos le escuchaban a que cada uno proyectara su propio final, inconscientemente libres con sus circunstancias y sus inquietudes. Era como practicar el arte de vivir. Adorable. Ser quien quieres y hacer realidad tus sueños más absurdos. Poderoso. Mágico.
Hubo largas tardes de portal sentados en las escaleras de frío mármol del entresuelo. A los niños les prohibían quedarse dentro. Paco, el portero, era un infatigable cascarrabias y raro era el día que no protestara. Cuando no lo hacía, canturreaba y silbaba alternándolo con mucha habilidad, la misma que habían adquirido los pequeños si aparecía para huir y dispersarse con rapidez con el calzado bajo el brazo, porque los calcetines no eran delatores.
Más de uno perdió un zapato. También era gracioso aguantarse la respiración o la risa cuando había ruido de llaves, se disparaba el timbre del telefonillo de la entrada o el ascensor se activaba. Divertido, pero con una inocente tensión. Inquietante. Provocador.
Manu regresaba a estas sensaciones del pasado cuando intuía que la creatividad mermaba. En la espontaneidad de los niños, en su curiosidad siempre despierta, en sus ganas de todo, incluso para luchar con monstruos, en su impaciencia…
En todo ese ‘minimundo’, Manu encontró una inagotable fuente de inspiración. A veces sólo escribía palabras sueltas desperdigadas por el papel, luego trazaba líneas entre ellas y ponía nombre a una nueva constelación. Para rematar esperaba el momento a poner todo aquel universo a trabajar, ser capaz de poner en práctica aquella gran idea y lo más importante, no derrumbarse si alguien se la adelantaba, si se cruzaba con otro extraordinario cuentacuentos… Nada pasa por casualidad, un nuevo aprendizaje, quizá. Lo que fuera pero sin alejarse de tu germen para perderte entre excusas. Revivir el duelo. Respirar oportunidades. Vértigo. Entusiasmo.
No todos los recuerdos eran recurrentes. Ni tampoco los presentes determinantes, ni los futuros inciertos, pero simplificarlo todo al origen funcionaba. Uno más uno igual a dos. La ‘m’ con la ‘a’, ‘ma’. Despeinarse entre las sábanas o haciendo volar la falda. Canturrear. Silbar. Andar descalza. Vivir cada momento y no esperarlo. Reinventarse. Recomponer la belleza si fue dañada. Reírse de uno mismo. Encharcar los pulmones de aire limpio. Ensanchar el alma.
Mirar bonito. Eso que sucede entre la retina y el corazón.  Reconocerlo y reconocerse.

sábado, 4 de marzo de 2017

De noches y amaneceres...

¿Quién no ha vivido momentos de incertidumbres?
Noches de insomnio en las que la oscuridad se reinventa con luz propia mientras la retina recorre cada rincón del dormitorio entretanto las sombras cobran forma.
Noches de preguntas sin respuestas, controlando el pulso para no llamar de madrugada en busca de ese abrazo hecho susurro.
Noches de quedarse sin aliento… porque el beso se quedó en el portal.
Noches de llorar a los que se fueron, sin consuelo, sin más “allás”… sin estrellas que brillan “allá” y de nubes que no habitan en el cielo, “acá”.

Noches de camuflar la vida entre sábanas blancas con la esperanza de verlo todo con claridad al despertar.
Noches de un corazón que se deshoja por dentro.
Noches de confeti cuyo colorido te roba el sueño y sólo quieres que la fiesta no termine.
Noches de hospital con toque de queda y encontrar sentido a “comenzar la cuenta atrás”.
Noches de puzle al que le faltan piezas.
Noches de trasatlántico en medio de la tempestad, pero “que me quiten lo bailao”.
Noches de renacer y vértigo en tu colchón… ¿Y si me equivoco?.
Noches de realidad virtual, de sobresaltos, de segundos en off… Estoy soñando o estoy despierto.
Noches de fe y mover montañas.
Noches de dualidades y debilidades.
Manu se muerde las dudas de noche y amanece con la capacidad de crear infiernos y cielos como quien pasa páginas pares e impares. Cuando eso sucede, Manu deja la vida en blanco y remonta un nuevo sueño, abriendo y cerrando los ojos, cerrándolos para luego abrirlos y mirar bonito. Lo ha convertido en una buena práctica. Recordar esas noches y sus despertares la ayudan a entender nuevas situaciones sin condiciones. Un antes y un después.
Hoy Manu amanece como la primavera en invierno, seca… Algo deslavada de color y con las raíces a la intemperie. Tiene frío. Necesita luz. Busca una canción. Sinnerman. Fija la mirada en una foto suya de pequeña, guiña un ojo a modo de ‘click’ y se recuerda sintiendo física y emocionalmente. Sabía ser feliz sin que nadie la enseñara porque sí y hoy sabe prepararse un café con espuma… Y también regar la primavera, porque quiere.
Amaneceres.
Amaneceres de mirada de niño… De esos que creen que todo es posible.

sábado, 25 de febrero de 2017

Crecer sin perder la esencia...

Acostumbrada a crecer entre brisas, Manu sólo encuentra ventajas viviendo junto al mar. Soportar la humedad es el pretexto perfecto para refugiarse en sus lanas. Manu adora su textura. Los días de sol de invierno y entre semana, ella apura la hora del almuerzo y se fuga al escondite de las dunas. Lo había convertido casi en un ritual.

Diez minutos al volante a todo pulmón y parar el reloj para respirar intensamente. El aire es limpio y sabe a yodo. Luego se descalza para enterrar sus piececillos en la arena y terminar tumbada sobre la misma. Lo que más le gusta es desnudar sus hombros para disfrutar del masaje de luz. De fondo sólo el viento y alguna despistada gaviota. Media hora y se incorpora. Unos frutos secos, una manzana… algunos días lee, otros escribe, como hoy. Hoy Manu escribe a Luis.
“Crecemos franqueando la barrera del sonido. Ahora entiendo cómo es que vamos sordos en algún tramo de vida…”.
Comienza a estar incómoda acostada boca abajo y eleva la vista pero aquellos pequeños centinelas no la dejan ver. No consigue asomarse al horizonte de la curiosidad. Un perro ladra a lo lejos pero regresa a su bloc de notas. Percibe inspiración y tiene que aprovecharla porque no siempre puede adentrarse en los rincones inocentes de su corazón y escribe: “Crecer sin perder esencia”, y su mente vuela y distraída extiende la mano y acaricia ese algodón natural espigado al astro… Tacto. Juega. Guiña un ojo para afinar la mirada. Le gusta ver la claridad que se filtra entre esas inquietantes hierbas de playa que al mecerse con el viento, dejan entrever la distancia. Retoma la caligrafía.
“El horizonte no se ha movido pero cada vez me cuesta más vislumbrarlo. La maleza crece de forma silenciosa como las emociones, esas que de pequeños existen de forma primitiva pero a medida que nos hacemos mayores progresan a zancadas. ¿Quién no tuvo algún motivo para desenfocar la mirada o incluso, perdido tras la ilusión, buscó la armonía en la distancia? Y en esa sensación, en esa perfección con estructura propia, cogemos la fuerza suficiente como para sostener el mundo… Me hago mayor sujeta a mi esencia.
Todas las estaciones a mis pies… Las suelas se desgastan Luis, me convierto en historias que viven y mueren. El pecho se llena de responsabilidades que unos días restan y otros suman…, y tú no sabes. La maleza lo cubre todo y ahí va la esencia, como puede, agarrada a la punta de mis dedos.
La maleza se reproduce a una velocidad con la que ya no puedo competir. ¿Quién soy yo frente a esta hoja en blanco que un día sostuvo cadencia y hoy toda una revolución de pasiones? Tengo que aprovechar estos ratitos de salitre para escribirte despejada porque la maleza devora mi creatividad”.
Manu recolecta pensamientos en ese sol de invierno. Vuelve a cerrar los párpados. Descansa.Huele a tierra, huele a humedad, huele a sol o luna. La maleza avanza. Inspira. Se incorpora para aterrizar en su rutina. Ya de regreso sonríe porque su ratito de luz siempre resulta sanador. Escribir también… Uno nace sin saber ponerle nombre a lo que siente. Sólo cuando se deja fluir entre letras, uno avanza como la maleza.
Una compañera de trabajo esperó a Manu al verla estacionar. Hablaron del tiempo, estaba siendo un invierno cálido. Manu le compartió su mediodía en la playa y su compañera no daba crédito consciente del poquito tiempo que disponían para comer. Manu argumentó: “Sí es cierto. Hubo días que me quedé por aquí y se me hizo eterno, pero adoro conducir y si lo piensas bien, el tiempo es lo que es. Sólo nosotros podemos decidir qué hacer con el tiempo, cómo queremos disfrutarlo. Como leí en una ocasión, TIEMPO DE CALIDAD, NO CANTIDAD DE TIEMPO“.
Quizá mañana acabará su carta. Quizá.

sábado, 4 de febrero de 2017

Armando ilusiones...

Cuando la fragilidad se apoderaba de Manu, concentraba todos sus sentidos en las palabras de su padre “Hija mía, la mente fría de vez en cuando, un poco fría” pero costaba trabajo porque pese a los fracasos, engaños y decepciones, a ella le seguía pareciendo mágico el ser humano, ése era el riesgo en la vida de cualquiera que transita su minutero con el pecho al descubierto.



Cuando ese punto de debilidad la asaltaba, resultaba tremendamente frustrante tratar de anotar nada en aquella libreta que pasaba de un bolso a un bolsillo y que en ocasiones traspapelaba con las llaves del coche o las gafas de sol porque una hoja en blanco era su objeto de compañía, la biblioteca de su creatividad: una palabra, el nombre de una canción, el título de un libro, un pensamiento, el esbozo de un proyecto, el borrador de amor o el manual de sus ideas. El Plan B.

Garabateaba círculos hasta formar un gran punto negro como un agujero de vacío. Sonrió recordando la capacidad de Luis para dibujar una flor o una casa en cuatro trazos mientras hablaba por teléfono sin tan siquiera estar poniendo todos los sentidos en lo que hacía. Ella en cambio, continuaba dibujando una flor y una casa como cuando era pequeña.

Regresó a su niñez, al patio del barrio, a los recreos de rayuela  y de la velocidad a la que trazaba aquel cuadrilátero de tiza que muchas veces armó con diferentes variantes y ganando en complejidad. Se sonrojó involuntariamente rememorando cómo la pedían que diseñara una distinta. Una nueva. El ratito de interrupción para el esparcimiento a media mañana en el colegio era breve pero daba para mucho. Para cuando sonaba el timbre, Manu ya llevaba preparado su trocito de escayola apretadito en la palma de la mano y en la faltriquera su piedra desgastada de besos para que la trajera suerte.  Puntería  cada vez que se acercaba al cielo desde tierra. Guardar el equilibro y chutarla con precisión hasta la siguiente casilla en la segunda vuelta. Y el más difícil todavía, el sprint final, atravesar a saltitos todo el recorrido de cuadraditos con la piedra entre los pies sin caerse y así, ida y vuelta. A Manu se le aceleró el pulso y escribió “armando ilusiones”.

Un año en un diván fueron su punto de partida. Volver a esa niña. Acompañarla en su juego, empujarla sin miedo y ayudarla a levantarse si caía. Cuando era pequeña jugaba con sus amigos a ser mayores, ejemplares en su solemnidad pero sin perder la facultad de volar si creían que podían hacer volar la alfombra del salón tras desmantelarlo literalmente del mobiliario inútil.

En sus divagaciones encontró respuestas, los problemas perdían perspectiva y no dejaba de tratar de entender a los mayores envueltos de envidias y absurdos egos, con lo fácil que sería compartir un trocito de cielo en la rayuela con los dos pies mirando a tierra. Manu empezó a pensar en ella misma desde afuera hasta dentro.

Alguien llamó a la puerta, tuvo la misma sensación que el fin del recreo. Se incorporó de un brinco y abrió. Era su padre. “Vamos”. “ ¿A dónde?” repuso Manu. “A volar” la dijo carcajeándose. “¿O te has olvidado que me lo repetías una y otra vez cuando eras una canija”. Manu no parpadeaba. “Vamos hija, cualquier día es bueno para empezar. No necesitas tus pequeñas suelas si aún conservas las mismas alas”.

Seis pasos y ya Manu caminaba como una novia colgada del brazo de su padre. Avanzaban despacito, sin prisa… “Así que la mente fría ¿eh Papá?”. No hubo respuesta pero sí una sonrisa y un guiño.  

sábado, 28 de enero de 2017

La Bombonera...

Modelo: @mininaann_handmade


Tras 44 minutos de conversación fluida con su amiga Inés al teléfono, Manu silenció el mismo y aún absorta en la charla compartida se preparó un té, necesitaba un poco de aire y allí en su bunker rural tenía cuanto necesitaba.

Recordó con pereza sus días en la ciudad, afincada en un barrio bohemio con aquel sabor romántico que ella misma propiciaba porque Manu era una soñadora empedernida, Manu vivió maravillosos momentos de compañía. Adoraba sobre todo las meriendas que lejos de arreglar el mundo, lo conquistaban con abrazos de chocolate caliente. En aquella buhardilla que muchos calificaron como “la bombonera”, cada estación tenía su encanto y Manu no hacía diferencias entre exprimir el verano en un rayo de luz que acariciar al frío haciendo vaho en el cristal los días de lluvia en invierno. Lo curioso es que todo sucedía junto a su balcón que orientado al Sur descansaba en un patio interior de ropa tendida, excrementos de paloma, antenas de televisión, además de pinzas y alguna prenda extraviada en su piso. Un balcón al que con frecuencia se asomaba a respirar como esta tarde.

Manu contemplaba la puesta de sol. Presa de la nostalgia puso todos sus recursos en acción para recuperar el presente. Fue una etapa, era consciente, como también lo fuera la de vueltas que dio a la manzana en busca de aparcamiento  porque para cuando ella regresaba a su nido, la mayoría de los vecinos llevaban ya horas en sus hogares. Resultaba frustrante. De hecho, nunca entendió como es que sus amigos con tanto despiste se olvidaran cualquier prenda de ropa o un paraguas o una carpeta de apuntes, Manu se repetía “por no aparcar…”… ahora sí lo comprendía, al cambio eran los 44 minutos de Inés y la habilidad de Manu para postergar sus malos ratos y guardarlos en un cajón.

Comenzaba a sentirse cómplice de la soledad de su nueva vida. La confortaba. Sí, también la asustaba porque ¿quién no desea que le rieguen el corazón de primavera en pleno invierno?. O como acaba de confesarse con Inés “sabes que no soy zurda y que tengo la costumbre de llevar el reloj en mi muñeca derecha,  yo también necesito que me ayuden a darlo cuerda de vez en cuando”. Manu pasó por diferentes terapias, conocía toda la teoría y aquello de quererse a uno mismo sabía que era la anhelada pieza del rompecabezas pero estaba un poco cansada de tanta letanía, libros de auto-ayuda, consejos que a veces eran tan impracticables como ponerse a dieta.

Si alguien le preguntaba a Manu “¿cómo estás?”, había desarrollado la capacidad de contestar “tranquila” y no es que mintiera y puestos a cantar verdades, realmente así se sentía esta tarde con la taza de té aún caliente junto a su pecho, pero, pero, pero…  aún quedaban restos del eco de un ruido interior. Superar un descompás de amor, interrumpir su conservador proyecto de vida, reciclar las ilusiones, desapegarse de la responsabilidad del daño colateral… todo desgastaba lo suficiente como para a veces flaquear.



"Pero esto era otra etapa, otra más" pensó, como la de su vida en la ciudad junto al balcón. A la vida Manu la habla con franqueza y la pide que la despierte cada mañana, que la rodee de cariño y amistad con la que compartir su magia, que la pellizque para recuperar las señales, que la saque a respirar puestas de sol y que no se quede de paso, sino a su lado porque un día la realidad que la rodea dejará de doler y volverá a hacer locuras por amor aunque no la correspondan… por eso va a encontrarse con Luis, viajará en coche con Inés incluso hasta la puerta del cole de sus pequeños cantando con las ventanillas bien abajo.  A la vida Manu le cuenta, que ya no le tiene miedo al tiempo que vuela, le ha cogido el pulso, así, tranquila.

sábado, 21 de enero de 2017

Manu y su alma gitana...

Junto a Luis, Manu rescató la espontaneidad y no es que ella no la tuviera sino que la vida se había vuelto tan encorsetada que Manu olvidó caminar descalza como a ella le gustaba y enseñarle el pecho al sol para llenarse de su calor. Adquirió la mala costumbre de posponer las dificultades para aparcar el ahora o aclimatarse a echar de menos, en lugar de hacerlo de más y de sentirse mal por decir no y engañarse en sus sis, eso no la convertían en mejor persona. En la reconquista de su naturalidad pasó a ser la protagonista del cuento, sintiendo por y para ella.



Con Luis, Manu recuperó piel, aprendió a respirar por la planta de sus pies e impregnarse de cada gota de rocío mientras sobrevolaba con la palma de su mano las hiervas altas y entre esos pensamientos estaba cuando se le clavó un guijarro del sendero, porque Manu, ahora, olvidaba con frecuencia sus suelas en el porche y gitaneaba desde la primera luz del día hasta el ocaso. Atrás quedaban esas jornadas de pesadas mochilas, de caminar mirando al suelo o pendiente de su teléfono móvil. 

Hace frío y de vuelta a casa, Manu se refugia en su larga chaqueta de lana y piensa en aquel cruce de caminos, el de las despedidas. Una vida soñando una vida perfecta, así de torpes somos los humanos, ciegos de mente para reconocer que la vida perfecta reside en el momento. Nos pensamos que lo sabemos todo y lo cierto es que no tenemos ni idea de nada. Resulta triste tener que sufrir una desgracia, atravesar una enfermedad, vivir un luto para llenar de te quieros una fotografía o dejar para fin de año la lista de propósitos, todo esto y más, para tomar conciencia que la vida se gasta y que deberíamos vivir cada lunes como si fuera el mejor día de la semana.

Manu no era una mujer pasiva que se dejara llevar y se aprovechara de las inercias ajenas... ella necesitaba crear su propio espacio, sentir que su fuerza empujaba un poquito el mundo generando bienestar y que tenía las riendas. Luis fue clave para encontrarse a sí misma, en él encontró un semejante pero sólo ella era responsable de su kilometraje y ella decidía ahora tomar las riendas de su vida. Luis coloreó muchos amaneceres a su lado pero nada tenían que ver con la sensación de empezar a respetar cada puesta de sol con sus propios ojos por no contar la de estrellas a las que asignaba nombres cada noche.


El frío era intenso y Manu aceleró el ritmo, era tarde y aún tenía que sacar brillo a sus zapatos, no fuera a ser que los precisara al día siguiente. ¡Quién sabe!

sábado, 14 de enero de 2017

364 bolitas de tierra...

Manu tuvo casi que literalmente tumbarse para sacar aquella vieja caja de latón de debajo de la cama. Luego, sentada en el suelo, estiró las piernas y sobre el regazo ubicó aquel tesoro. Al abrirlo la estancia se envolvió de olor a celulosa, a goma, a perfume oxidado… revolvió entre un montón de cartas amarradas con un cordel, regalos,  notas, fotos y entonces, encontró aquel collar. Lo apretó fuerte entre sus manos y se lo acercó al pecho.

A tan sólo una semana vista de su viaje, Manu necesitaba recordar, como aquel día que Luis y ella remontaran la cumbre más alta de la Sierra, un paraje maravilloso. Luis le había descubierto tantos sitios a Manu. Desde cualquier punto donde Luis la llevara, se podían ver los cuatro puntos cardinales del planeta escritos en las nubes. Tenían por costumbre tumbarse al sol o ir apagando las estrellas de una en una como quien sopla velitas en su tarta de cumpleaños, la cosa es que Manu siempre pedía el mismo deseo y siempre se le quedó la duda, como cuando niña, de si alguna se quedó encendida.



Manu llevaba una vida bastante programada hasta que Luis irrumpía en su camino. De pequeño, picaba en su ventana con guijarros, los mismos que llevaba al río para mostrarle a Manu que era todo un especialista haciéndolos saltar sobre la superficie; de adolescente y de la mano con Luis, Manuela descubrió días de incertidumbre a su lado con el cosquilleo de la improvisación, una aventura diaria conquistando el atlas de la ilusión; cuando a sus 40 años regresara al pueblo a pasar unas vacaciones, Luis le desveló a Manu el secreto de los silencios que matan y ahora, 15 años después, corría a su encuentro con el firme propósito de explotar las madrugadas a su lado, disfrutar muchos desayunos mientras desnudaban el aire y el horizonte se iba cuajando de luz.

Fue una tarde de primavera que Manu estaba atascada con su trabajo y le pidió ayuda a su amigo. Ella sabía de su destreza con aquel programa informático y tuvo que vencer más de un obstáculo para solicitar su auxilio pues a Manu le gustaba ser autosuficiente y odiaba molestar a la gente innecesariamente. También Manu asumía que con poco esfuerzo para concentrarse podría resolverlo pero lo cierto era que necesitaba ver a Luis.

Ceñida al torso de su amigo mientras embutía la nariz en su cuello, Manu dijo: ¡Qué bueno es abrazarte otra vez y qué bien hueles!
Luis fue rápido: Pues sí que huelo bien, sí. Y ambos se emborracharon de carcajadas. Vamos, tengo la oficina preparada al sol. Luis tiró del brazo de Manu y ella le retuvo un instante.
¿Al sol? Luis, no pretenderás que vaya así… le decía Manu con ojos traviesos apuntando a sus sandalias… ¡Mírame! ¿Cómo no me avisaste? Si es que soy una ingenua, ¡cómo iba a imaginar una tardecita tranquila frente a un escritorio contigo! ¡Espera!

Manu abrió la puerta del maletero y se enfundó sus viejas katiuskas. Emprendieron el ascenso entre árboles hasta llegar a una preciosa loma. Luis generalmente iba 20 pasos por delante y a voces iba dirigiendo a Manu, ella sonreía y le dejaba disfrutar de aquella faceta exploradora que le caracterizaba, nadie gozaba tanto dando sorpresas como Luis cuando adoptaba esa actitud. Manu le percibía radiante y a gusto consigo mismo y ella, había descubierto una manera diferente de ver las cosas gracias a él.

La panorámica era espectacular. Manu tuvo la sensación de estar soñando y las voces de Luis la hicieron reaccionar. ¡Manu, corre, ven! ¡Miiiiira! Un enorme arco-iris les recibía. Manu sentía fascinación por el color y en voz alta manifestó: ¡Cómo es posible que un pedazo de aire sea capaz de tener colores!  

Llegaron hasta el campamento base. Luis lo tenía todo previsto. Rápidamente se sentó y extendió sus brazos para que Manuela se acomodara junto a él. Encendió el ordenador y regaló un efusivo beso a Manu en la mejilla. Se concentraron. Manu le escucha con suma atención, tanta que Luis para asegurarse que no se abstraía, a cada poco la interrogaba con un ¿Me copias? Había resol, así que Luis improvisó una tienda de campaña para refugiarse de la luz. Manu sonreía y recordaba sus construcciones con un trozo de plástico y palitos, fueron años de dulce inocencia. Luis no había cambiado nada. Y seguramente ahora tampoco, en una semana lo comprobaría.

Regresó a aquella tarde con facilidad y casi podía sentir el dolor de brazos después de un par de horas en la misma posición. Tenía aquel momento grabado en la memoria. Y bien Manu ¿te queda claro? Sabes que puedes preguntarme tantas veces como quieras ¿de acuerdo?. Ella repuso: Lo sé.

Hubo un pequeño silencio y Manuela se giró hacia él para preguntarle: Dime Luis ¿alguno de tus sueños fue tan real como éste que vivimos? Y entonces Luis empezó a hacerla cosquillas mientras argumentaba: Uy yu yuy… qué miedo me das con esta faceta tuya interrogativa, te veo venir…

Aquella tarde de primavera junto a aquel camino santo, Luis la regaló 365 bolitas de tierra con las que Manu confeccionó un collar, el mismo que ahora tenía entre manos y manipulaba como si de un rosario se tratara. Una bolita por día o como él la explicara “un pase diario para viajar alrededor del sol durante un año”.  De vuelta a sus pensamientos, Manu sentía los nervios en el estómago y había muchas probabilidades que fueran incrementado en los próximos siete días. Ella que se había aferrado a vivir en el tiempo presente, en el ahora… y en cambio ahora, en su más absoluto presente tenía claro que si tuviera que hacer un pacto, lo haría con el tiempo y le pediría vida, vida para abrazar a sus padres otra vez,  para seguir luchando por su sueño, vida para avanzar con esperanza y ayudar a cuantos lo necesiten, vida para no perder el tiempo en discusiones, para bailar, vueltas y vueltas sin parar para celebrarlo todo… como cuando de pequeños a Luis le parecía que la melena de su compañera de juegos volaba incluso cuando el aire respiraba calma y creía que aquella cabellera podría desatar una mágica tormenta. Y si por un casual intentaba armonizar todo aquel revuelo con sus manos, Manu se giraba algo arisca y le decía:

Pero Luis ¿qué haces? ¿No ves que vas a espantar las mariposas que se prendieron de mi pelo?

Manu recordaba como Luis se quedaba sin respuesta, a esa edad los niños no entienden muchas cosas de niñas, sólo le provocaban risas aquellas reacciones.


Sí, al tiempo le pediría vida para escribir su historia, la de una vida que siempre quiso vivir sin arrepentirse de sus decisiones. Su vida.